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viernes, 20 de marzo de 2020

Ñ de ñaturaleza



Ñoña ñaturaleza que berrea con su llanto a la especie humana escupiéndola con esta pandemia histórica. Como una ñacanina escurridiza, culebra de pantanos paradisíacos, la propagación devora huéspedes inesperados que tan solo paseaban en su normalidad inconsciente de vida. Ahora, contagiados, penden del péndulo de la señora suerte, quien a unos otorga el privilegio de ser ñacurutús esbeltos sin percatarse siquiera de haber contraído la enfermedad y, a otros, les condena a la incertidumbre de cuán gravedad soportarán sus cuerpos relegados a ñagazas víricos. Pero no, no sois señuelos...

Tú, afectado de las consecuencias de este coronavirus, eres todo un ñandú. Un ave que ahora no puede volar, pero que va a crear velozmente defensas para sanar. Porque lo vas a hacer, ¿sabes cómo? Con sonrisas, sin rendición. En tiempos de guerras surgen soldados que jamás se planteó ningún pelotón reclutar. Puede que no te sientas tal, que te parezca ficción, pero lo estás siendo porque estás luchando sin elección. Eres una persona tan completa como cualquier otra, tu existencia es desde luego valiosa. Eres todo un dulce ñoclo: hecha de la misma base harínica que todos, con ese toque único de azúcar que te diferencia del resto, albergue de cualidades en grados sutiles de la manteca que proyectas con la que engordas a quienes te conocen, repleto de valentía con esos huevos que le echas a esta zancadilla, adictivo por ese vinito macerado en tu esencia que degusta quien se adentra en tu ser, y con esa pizca de anís que ni tú reconoces en ti por precisar aún redescubrirte. Mira dentro, hay mucho allí que te servirá de cura.

Por tu parte, naturaleza, deja de vestirte con extrañezas. Quizá esta especie nuestra se merezca tu ira, tu advertencia. Yo confío en su reinvención empática, hacia sus propios individuos y hacia ti que nos resguardas. Una vez nos creaste y eres sabia, nuestro papel aún tiene muchos puntos y aparte.

viernes, 6 de marzo de 2020

Orate


Me ha perseguido un coche azul cyan con matrícula capicúa. Daba vueltas a cada manzana de edificios a los que yo solicitaba auxilio. Ninguno aceptaba el papel de protector, todos permitían que ese vehículo me continuase agobiando con sus repetidas apariciones. Les grité callado que le lanzasen algún ladrillo de tantas cornisas decoradas, no se notaría demasiado y a mí me salvarían la vida. No quisieron, simplemente se quedaron observando el juego como el público de un espectáculo con esencia de gladiadores romanos. 

He ido al médico. Estoy seguro que no les importa mi existencia ni mi ausencia, soy un simple número poblacional. Sé que tengo algo, no sé el qué. No me hacen caso, se limitan a recurrir a mi historial clínico como excusa. Todo es por lo ya diagnosticado, lo demás me lo invento para llamar la atención, dicen. No se involucran, no me realizan pruebas. Me mandan para casa como un vagabundo al que nadie comprende porque no trabaja, tan solo me ignoran.

La sociedad se mueve sin mí, nunca me ha aceptado. Disimulan con sonrisas escaparate, pero ninguna me compra. Se ha empeñado en marginarme, soy demasiado débil para aportar. O, quizá, demasiado gris. No soy útil, soy una piedra humana y ni mi apariencia me concede una oportunidad. Me he acostumbrado, lo asumo sin más. Soy como el hombre o la mujer invisible, pero sin la virtud de defender de los malos a la humanidad. Invisible, ya está.

viernes, 28 de febrero de 2020

Nefando


Su llanto en el agua, flotando sobre la superficie del río, intentaba crear una balsa. Las ramas de piel que le sostenían tenían tanta humanidad como las que discurrían por allí tras quebrar de los árboles, algunas pasaban demasiado cerca de la criatura llena de temor. Sabía lo que iba a suceder, pero se aferraba al amor que debería ser innato. Recurrió al contacto visual penetrando su mirada con los de aquel despreciable ser monstruoso. Supo que tampoco funcionaría.
La lucha por nadar, sin haber tenido siquiera tiempo de aprender, le inundaba y salvaba con agonía por segundos. Las fuerzas pronto empezaron a flaquear y el bebé acumulaba agua en sus pulmones. La vida en él se evaporaba...

Despertó. Sudoroso y con el agua en su boca. Deseó haber vivido aquel sueño antes que ser consciente de la realidad. Nunca conoció a su madre, su amor por él hizo que, en una excursión al poco de nacer, ella perdiese la vida tras salvarle cruzando un traicionero río. Jamás lo superó, ya corría por su tercera década. El trauma era su única compañía. No sabía de su padre ni hermanos, mucho menos de sus amistades. Estaba solo. Solo en aquella cabaña al lado del río en el que perdió al nacer a su madre.

domingo, 23 de febrero de 2020

Pedigüeño

Una mancha de tinta en el dedo transcribía sus deseos más profundos...

Las ilusiones luchadas en tu nombre, mi entusiasmo, han sido los milagros de mi vida. Quiero eso, ilusionarme, pero con mis propias ilusiones. Abrir caminos abruptos y verme en medio de ellos, esforzándome y, a la vez, agradeciéndome por cada paso dado. 

Nunca se me dio demasiado bien intentar no normalizar, quizá justo lo contrario que le ocurre a la mayoría de la gente que tanto requieren de colectivos que luchen por sus circunstancias. Pido no sentirme nunca en la necesidad de que me ayuden a entender condiciones que no me entren en la cabeza, conservar mi flexibilidad mental respecto a la diversidad humana.

Quererte tan fuerte, universo, que la petición de estar siempre de buen humor se reduzca a un hecho en mi realidad. Cada amanecer es la suerte de estar vivo, es emocionante que el cosmos te escoja para un día más.

Tengo resaca de tanta emoción enrevesada, muéstrame claridad vital, vida. He sentido la complejidad necesaria de esta existencia, concédeme un poco de sencillez agradable. Prometo disfrutarla, aprovechar esa serenidad.

Mi corazón es etéreo, es la radio en la que escucho la organización de mis relojes circadianos. Voy a dar la vuelta a mi alma, como una prenda reversible, para descubrir lo que me he perdido hasta ahora de quién soy. Deseo no decepcionarme.

En el viento del levante marítimo pude enredar en nudos marineros mis impulsos con las zarzas de sus desganas. Ahora sueño con simplemente pararme a oler nuevos frutos, necesito perdonarme por no involucrarme en ello.




viernes, 14 de febrero de 2020

Jábega de jade


Al final de la red, allí estaba tu corazón de jade. Aquel que tanto me empeñé en capturar, el mismo que peligraba perder para siempre con cada paso hacia él. Cuanto más ansiaba acariciarlo, más rápido se deslizaba directo al abismo. Huía. Mi obsesión era cuidarlo, la suya despreciarme. No quería resistirme a él, no quería rendirme. Luché, él se dejó caer.

Me quedé mirando, analizando su decisión. Prefirió dejar de ser corazón, prefirió ser añicos antes que permitirme sostenerlo entre mi calor. No pude hacer nada, no podría haber hecho más. Se fue, se tiró a la ausencia de amor. Necesité sentir el filo, el borde de aquella red que no había impedido de ninguna manera que cayese. Lo deshilaché. Estuve a punto de caer, de ser un cúmulo de pedazos entremezclados con aquel corazón destrozado por elección propia. Se lo mostré, le enseñé a no tener miedo. Le materialicé que se podía dar pasos hacia zonas seguras, arriesgarse a intentar ser feliz.

Abandoné la red y ocurrió. No, no se recompusieron los fragmentos del corazón suicida. Fue el mío el que cambió repentinamente a un verde vida. Más duro, más sensible. Más cauteloso, más generoso. Porque sí, yo sí decidí arriesgar a enfrentarme a lo venidero.

Antes de marcharme le concedí una compañía a esa arena cada vez menos colorida. Corté la red dejándola caer para que se reuniese con ella. Le otorgué el recuerdo de que las vías fáciles, a largo plazo, pueden ser la peor tortura en el puente de las decisiones del amor.

viernes, 7 de febrero de 2020

Labilidad



Suave. Parece terciopelo resguardado sobre una caricia de viento. Al remover sus filamentos cobra una rugosidad notable, pero enseguida se vuelve a sentir como el peluche nuevo de un bebé. La delicadeza frágil de su tacto le confiere ser una textura con elevado grado lábil. Su ligereza le concede mantenerse a flote siendo arrastrada por un cálido soplo de tus labios. Es un beso ondeando con forma propia.

No quiero que se rompa, se acaba quebrando. Su deterioro va al compás del dichoso tiempo, no hay modo alguno de repararla. Se deshace, se va desintegrando con la misma magnificencia que contiene en sí misma. Se disuelve, ha desaparecido de lo existente.

¿Cómo se mantiene a raya el recuerdo de la delicadeza sin que un día la mente lo extinga?

viernes, 31 de enero de 2020

Koala

Llévame a Australia, quiero abrazar sus árboles. Permanecer inmóvil en ellos, dormitando dieciocho placenteras horas. Soñar con el espumoso océano, aplaudiendo en la orilla, como banda sonora que me acuna mientras descanso. Quiero oler el eucalipto hasta dejar de hacerlo porque mi cerebro ya lo haya interiorizado por costumbre. Comerme sus hojas y hasta sus tallos, hacer mío cada nutriente suyo. ¿Qué más da si tardo cinco horas? Es mi momento, saborear me demuestra que es real lo que vivo.

No permitas que nadie se crea con derecho a sacarme de mi paz, no soy un peluche animado al que abrazar a voluntad. El respeto es no comprender y aún así aceptar, que nadie sobrepase esa máxima conmigo. Si lo hacen, advierte que puedo enfermar por corromper mi mecanismo vital. 

Demasiado esfuerzo me está costando transmitirte todo esto tan solo por sentirme a salvo. Decidido, ¡vete! Abandóname en el árbol australiano. Siéntete feliz por ello, lo estaré disfrutando. Ya está bien, tengo que reponerme de tanto. Me voy a dorm...


miércoles, 22 de enero de 2020

Mácula

En órbita inconstante me sincronizo contigo en silencio. Mi ingravidez el resonante por la cual captas nuestro destino. Certeros de nuestra complicidad, aun siendo dos desconocidos. Tú la piedra colosal que cae a fuego en mi mundo como meteorito, yo esa estrella fugaz que cumple uno a uno tus delirios. Con la inestabilidad lunar, descubrimos todos esos defectillos; ninguno el apocalipsis final que quiebre nuestro existencial sentido. Dos galaxias improbables atraídas de casualidad, hasta el espacio que nos distancia es necesario en su lugar. Idílica formación alineada por el azar, ¿seremos destruidos de tan improvisto como el empezar? Mientras tanto sigamos orbitando, gocemos de éste nuestro imantar.


sábado, 11 de enero de 2020

Hogaño


Antaño el secuestro era permanente. Atada, la dependencia quería escapar. Era un felino enjaulado esperando su oportunidad para correr hacia el horizonte sin mirar atrás. Pero, incluso cuando se le dejaba a propósito expandir su velocidad, era bien consciente de deber regresar entre sus barrotes. No tenía otro modo de vida, desconocía cómo cazar para alimentarse o cómo cuidarse de sí mismo para no ser el alimento de otros. En ocasiones, rugía amenazante. Otras, lloraba desolado. La dependencia se resignaba a aceptar su papel el tiempo que durase, hasta que fuese un hecho su improbable sueño. Como ella, había otras gatas en su misma situación. No estar sola fue parte de su consuelo, pero también llegaba a despreciar al resto de sus iguales por pertenecer a esa suya realidad. Se dejaba estar, los días corrían sin más. Maullaba en soledad, maullaba a coro. Daba igual. Sin embargo, ese coro era algo cuando se reproducía. No sonaba sola, tenía complicidad natural. Entre tanta frustración y enfado, había un poco de expansión: se expandía desde su alma hacia el alma de los suyos.

Hogaño... hogaño es época de la libertad despegada. No precisa ser amarrada, es ella quien insiste en permanecer. Echa de menos a sus demás panteras, ruge en busca de su coro preciado. Ya no lo escucha. Los barrotes ya no existen, ya no hay fronteras. Tampoco compañía, el equilibrio se vuelve a dar. Se produjo esa metamorfosis, de dependencia en autodeterminación. El león ya sabe no pasar hambre, tiene los conocimientos para no ser presa. Como individuo se siente más completo, ahora carece de sociedad. Extraña a quien le encerraba, extraña la comodidad que no valoraba. El cuerpo le pesa por la responsabilidad, el alma le aplasta por la soledad.

jueves, 9 de enero de 2020

Fabril


Descendía como en antigravedad una pluma de un ave exótica, era violeta espectral. Trasparentándose en ella, un paraje colorido. Desprendía luz, vida, creatividad. Lo más llamativo, la mujer pintando al viento. Lo más aburrido, el niño cantando a estatuas de mar. Me sentí abrumado, ¿qué podría yo aportar al lugar? Sabía que mi voz no era apropiada para cautivar oídos, ni siquiera oídos postizos como los de aquellas esculturas. El dibujo me atraía, pero mi pulso y destreza con los pinceles tampoco me ayudarían a hacerme un hueco en el valle misceláneo. Nunca había tocado ningún instrumento. Mi oratoria quedaba rezagada por mi timidez. Bailar, por supuesto que no era para mí. La escasa fuerza e ingenio también descartaba cualquier modalidad constructiva. Incluso la fotografía elegía al abuelo con alas que le aventajaban por lograr ángulos improbables. Derrotado, me limité a pasear entre artistas.

Entonces caí, ¿y si mi verdadero don era el contemplativo? Parecía que había escuchado mis pensamientos, se me cruzó el bebé con los ojos más abiertos y absorbentes de todos los universos. No, mejor mantenerme como un peatón desapercibido. Quizá era mi papel, ser el fantasma que vaga sin capacidad alguna ni para asustar. Devastado, di una patada a una ramita. Un vástago inocente al que lancé mi frustración por inútil. Me hizo sentir arrepentimiento al instante, ambos éramos igual de invisibles. Lo cogí e intenté subsanar el daño causado frotándolo contra el tronco de árbol que bien podría ser pariente suyo. Traté de dejarlo sin astillas, sin nada picudo que pudiese limitarle. Me empeñé en darle estética, pero más anhelaba otorgarle funcionalidad. Sentía que hasta ese palo podía encontrar su rol allí, no quería que mi desgana fuese el motivo por el que no lo consiguiese. Cuando quise darme cuenta, lo había transformado en un lapiz. Fue instantáneo, ¡trabajaríamos juntos! Seríamos un dúo, arte compartida. Yo, escritor. Él, o ella, escribano. Percibí su alegría cómplice con la mía. Nos sentimos por fin parte de aquella sociedad. Pero algo sucedía, nadie nos valoraba. Creíamos haber encontrado nuestro sitio, al parecer no lo era. Solo nosotros dos éramos público del otro. ¿Necesitábamos notoriedad? No, pero el ambiente se sentía igual que vagando sin más. Destruidos, la rama o el vástago concluyó su labor de cronista descansando de nuevo a pies de sus parientes. Yo, rendido, quería dar con aquella pluma como referencia para salir de allí. 

Dando vueltas y vueltas, al fin un día di con ella gracias al vendaval que hacía. Tenía algo diferente, su baile descendente se veía distinto. Me empezaban a pesar los párpados, parecía como si me hipnotizase. ¡Claro, es lo que hacen los artistas! Hasta la pluma lo era, sentí un poco de furia por la envidia. Caí dormido.

Han pasado setenta años, ya soy el más anciano del lugar. Muchos han perecido, aquel bebé es mi gran amigo y más leal alumno. Queriendo escapar, huyendo, hallé mi habilidad. Unos dicen que no vale nada, otros creen que es la más creativa del valle. Yo no la puedo disfrutar, tan solo a veces. Y, sin embargo, soy quien más la vivo. El único, de hecho. Cuando caí desplomado ante la pluma, dicen que se generó una emoción sin precedentes que creó un masivo corro rodeándome. No por acudir a mi ayuda, sino por extraer de mi mundo onírico recursos con los que potenciar. Así es, me convertí sin querer, en el hombre de los sueños.
PODER NO DEPENDE DE NUESTRA CONDICIÓN FÍSICA O DE LO QUE NOS RODEA, PODER DEPENDE DE LA DISPOSICIÓN INTERNA DE CADA UNO. Y YO, ¡PUEDO!
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