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lunes, 1 de diciembre de 2014

Vigésima tercera poesía

"Gritos"

La infancia vuelve al presente,
no lo bueno ni bonito,
sino sentimientos que creí inertes.
Espadachines renacen
amenazantes, sedientos de sangre.
Empuñando gritos, malas formas,
destrucciones de almas voraces.

Mi alma tiene gruesos escudos
forjados con el recuerdo de un pasado.
Puedo ser el más imperfecto, 
conocido por mis inseguridades,
pero agradezco a mis pulmones
que no me dejen vociferar como ellos hacen.

Ni el ocio lo practico con soltura
pues el no poder gritar me lo impide.
Son instantes de impotencia 
por no ser capaz de comunicarme.
No me oyen aun esforzándome
¿me voy a rendir o excusarme?

Abel Jara Romero

domingo, 5 de febrero de 2012

Tercera poesía


"Contra el Cáncer"

Dolor, temor y sufrimiento
son tus nuevos sentimientos,
vencerlos luchando y sin rendición
te ayudará a salir de esa perdición.

Aferrarte a la vida debes
el positivismo bueno es,
si optas por el contrario
a la muerte no vencer puedes.

En ocasiones todo tu esfuerzo no sirve,
el cáncer muy poderoso es, 
te consume poco a poco 
hasta que el fin de tus días ves.


domingo, 13 de noviembre de 2011

Entre cuatro paredes

Como sabéis los que leéis cada entrada que realizo, me encuentro en un momento de mi vida en el que mi habitación es el único lugar que visito y mi cama es el único espacio en el que mi cuerpo se mueve. Para los que no lo sepáis, esto es consecuente de una mala caída en el que me fracturé la cabeza de los fémur de ambas piernas. Llevo más de tres meses en cama y cada día que pasa es más aburrido y desesperante. Por suerte, tengo algo que hace esto mucho más llevadero, vosotros y el gran recurso de la escritura.


Bien es cierto que entre cuatro paredes estar del todo animado por muy optimista que sea, es difícil. Para que engañarnos, hay momentos de bajón, de desesperación, de sentirse solo, de nerviosismo, de aburrimiento... Pero gracias a mi manera de ser, todos esos momentos son pocos ya que siempre intento estar alegre y optimista.



Por ello, compenso esos momentos de bajón pensando que pronto podré levantarme y hacer mi vida rutinaria que tanto anhelo. Esa vida en la que, a pesar del estrés y agobio que a veces supone, mi yo experimenta situaciones que le hace un poco más feliz. Y por esos momentos que sé que volveré a pasar, no puedo permitirme que la desesperación me posea.


Más complicado es no dejar que entre por la puerta la soledad, a pesar de que mi familia está muy cerca, sentirme solo es algo que es inevitable. Porque se echa de menos estar entre más personas, porque se echa de menos ver esas sonrisas y carcajadas de aquellas personas que te hacen reír. Porque se echa de menos salir a la calle a dar una simple vuelta con alguien. Porque se echa de menos simplemente oler la calle. Porque se echa de menos esas conversaciones tontas en las que con miradas y expresiones faciales lo expresas y te expresan todo. Por todo ello, es complicado no sentirse solo a veces.


Respecto al nerviosismo, hay que reconocer que también he tenido momentos en los que he tirado todo lo que tenía a mano al suelo con toda la fuerza posible sin pensar en si se romperían esas cosas. Sobretodo, el primer mes y medio en el que los dolores eran más fuertes y, por tanto, el nerviosismo era mayor. Recuerdo que hace como un mes, en uno de esos momentos de descontrol, cogí las tijeras con las que recientemente me había cortado las uñas y me rajé la camiseta que tenía puesta dejándola para trapo. Pero ese nerviosismo y descontrol va desapareciendo cada día más a medida que mi cuerpo me transmite su mejoría y voy divisando mi vuelta a mi vida cotidiana.


Por último, el aburrimiento es algo que incluso cuando se hace vida normal sin ningún percance, aparece. Pues como es normal, en este estado se presenta mucho más. Esto es mucho más fácil respecto a los anteriores, de hacer que desaparezca. Por fortuna, en mi habitación tengo bastantes recursos de los que puedo disponer para mi distracción. En cada instante, me obligo y me gusta estar haciendo algo que me despeje la mente y haga que los malos sentimientos no afloren. Entre esas cosas que realizo que me distraen, hay tres imprescindibles cada día. Todos los días leo, escribo y aprendo algo.

viernes, 12 de agosto de 2011

La pérdida (III)

Esta es la tercera entrada respecto al gran dolor de perder a un ser querido, a mi abuelo.

Al paso de unos meses de su fallecimiento me di cuenta de que yo no lo había asimilado aún, incluso puede que todavía siga sin asimilarlo en su totalidad. Cuando estoy en mi casa o en cualquier sitio en el que fuese posible que estuviese él, deseo con todas mis fuerzas que aparezca, que esté ahí para verle una vez más. Cada vez que voy por el pasillo de mi casa, ese estrecho y de paredes con mucho que contar, y me encuentro a escasos metros de la puerta de mi habitación observando a mi derecha el marco que cubre dicha puerta, sueño con que al llegar exactamente a la puerta y visualizar al completo la habitación esté mi abuelo sentado en mi cama esperándome. Cuando por fin arraso esos pocos metros que me distancian para llegar a la puerta de mi habitación y percibo la soledad de mi cama sin nadie sentado en ella, siento en mi interior una congoja que me provoca un nudo en la garganta seguido de una gran tristeza y desilusión. Muchas veces, antes de producirse ese momento de llegada a mi habitación, algo en mi interior me dice que mi abuelo está sentado en mi cama esperándome para poder verle y darme esa tranquilidad que necesito de saber que está bien. Pero es como si siempre llegase tarde a mi habitación, es como si en esa micromilésima de justo antes de ver al completo mi cuarto mi abuelo desapareciese y no consiguiese verle porque hubiese desaparecido justo antes de dirigir la vista hacia mi cama.
Pero no me rindo, cada vez que voy a cruzar una esquina o que voy a entrar en un lugar deseo con todas mis fuerzas que al pasar esa esquina o al entrar en ese lugar, él esté ahí, porque le siento y seguiré encerrado en ese sueño con el que tanto necesito vivir.

Y es que, el día uno de agosto ha hecho un año desde que sucedió esa pérdida, mi pérdida y la de los suyos. Y fue curioso porque esta entrada la tenía que haber hecho entonces. Pero ocurrió algo, algo a lo que estaba destinado. Y es que justo la noche del 31 de julio al 1 de agosto me caí, me caí y me fracturé las dos piernas, un hombro y me rajé la barbilla. Lógicamente, tuve que trasladarme al hospital y allí he permanecido desde la noche del domingo 31 de julio hasta el martes 9 de agosto. Y os surgirá ahora la cuestión siguiente: ¿qué tiene que ver el haber tenido que estar en el hospital con el tema que estoy tratando en esta entrada? Pues mucho, tiene que ver más de lo que imagináis.
Cuando mi abuelo estaba aún en vida, cada vez que él ingresaba yo por una razón u otra también padecía alguna alteración en mi organismo, o viceversa. El caso, es que en diversas ocasiones coincidíamos en el hospital.
Por esto, creo que estaba destinado a que me ocurriese algo y pasar justo un año despúes del mismo día en el que él falleció, de ingreso en el hospital. Yo, cuando me pasó todo, no presté ninguna atención a la fecha pero pronto me di cuenta. Justo en la mañana temprana del día 1, después de pasar una noche de insomnio total consecuente de los dolores, me dio por observar el móvil y fue en ese preciso instante cuando se afirmó eso de que se sufre más interiormente que físicamente. Había pasado y estaba pasando unos dolores muy fuertes pero no había soltado ni una lágrima. Al mirar el móvil y ver la fecha, mi cabeza hizo una rápida conexión de datos y casualidades y fue entonces cuando una salada lágrima recorrió mi mejilla.
Pero es que, las casualidades no finalizarían ahí. Después de pasar la noche y parte del día en urgencias en estado de observación, decidieron subirme por fin a planta y es en ese momento cuando se produce la siguiente casualidad. Me adjudicaron una habitación en la misma planta donde pasó mi abuelo sus últimos minutos, sus últimos segundos, sus últimos suspiros... Y precisamente en el pasillo de enfrente. Así que, este ingreso ha hecho que recuerde mucho a mi gran abuelo.
Como podréis imaginar, sigo en mal estado pero en mi casa y aunque me ha costado muchísimo realizar esta entrada, sentía que se lo debía a mi abuelo pero también a mí mismo.
UNA VEZ MÁS, GRACIAS POR TODO LO QUE HICISTE EN VIDA Y GRACIAS POR TODO LO QUE NOS HAS DEJADO. SIEMPRE TE SENTIRÉ DENTRO DE MÍ.

miércoles, 18 de mayo de 2011

Destiné à ne pas profiter

Hoy voy a hablaros de algo que me preocupa seriamente. En determinadas ocasiones, la vida me hace pensar que estoy destinado a no disfrutar, el porqué, no lo sé. Pero es, estadísticamente, cierto. Las grandes ocasiones que me ha brindado la vida para que fueran especiales y recordadas por mí para siempre, me las ha quitado en el último instante.

Me explico, grandes acontecimientos como el ir de viaje de fin de curso o el día de mi graduación del título de bachillerato son dos ejemplos claros. La vida me dio la ocasión de disfrutar ambos eventos pero, antes de poder realizarlos, un tercer motivo impide llevar a cabo la asistencia a estos eventos. Casi siempre el mismo motivo, caer enfermo. Y es que parece que las grandes cosas que se me presentan no están hechas para yo vivirlas porque, por un motivo u otro, al final no las vivo.

Esto produce aún más rabia en mí cuando se trata de perderme algo que interviene en mi futuro. Y es que no sólo me he perdido mi graduación, sino que además me he perdido todos los exámenes finales importantes. Esto conlleva a que no pueda ir a la convocatoria de la selectividad de junio y, consecuentemente, tenga más dificultades para encontrar plazas en universidades para hacer la carrera de periodismo. Además, se produce el inconveniente de no tener el verano libre como deseaba.

Aún así, uno que es muy positivo espera poder aprobar todo en septiembre e ir a la convocatoria de ese mes de la selectividad y poder encontrar alguna plaza libre en la universidad deseada. Pero esto es mucho pedir teniendo en cuenta la mala suerte que tengo.


miércoles, 27 de abril de 2011

Vive como sepas

Lo primero de todo, quiero pedir perdón a todos mis fieles lectores a los que desde hace unos días no les tengo novedades sobre lo que siento. Pero ya he vuelto, seguiré dándoos esos escritos que tanto me gusta hacer y que hacen que yo me sienta mucho mejor cada día. Y todo gracias a la motivación y ganas que me aportáis sin daros cuenta. Solamente con unas visitas o con unos comentarios hacéis que esto siga siendo posible. Así que, gracias de nuevo.


A continuación, os intentaré transmitir algo con el escrito siguiente del que no sé como titular porque, como siempre, lo iré realizando con el ritmo de mis dedos que vayan dirigiéndose hacía la tecla indicada por mandato de mi cabeza sin ningún esquema mental previo ni nada por el estilo, simplemente mis sentimientos encima del teclado, delante de la pantalla y, por supuesto, plasmados en este espacio tan vuestro. Pues bien, que empiecen a moverse los dedos.

Rabia, impotencia, mala leche, angustia, enfado, tristeza, agonía, desesperación, soledad, ganas de cambiar mi vida, de desaparecer... Todo esto se produce en mis adentros cuando veo que aquello que tengo tan cerca, lo tengo tan lejos. Muchas veces me pregunto qué hago a tanta distancia, a infinidad de kilómetros, aunque eso que tanto anhelo lo tenga a escasos centímetros. Pienso en si en estos momentos estoy viviendo la vida como puedo o la estoy desperdiciando porque no vivo todo lo que podría. Siento que nadie podría curar esto, nadie, ni siquiera el más poderoso de los super héroes. También siento que la valentía no sirve para nada, excepto para afirmar cosas que intuías.

En muchas ocasiones, sueño, pienso, imagino... En ese momento, soy el chico más feliz del mundo. Todo es perfecto, acabas de entrar en lo que quieres para tu realidad. Cuando vuelvo a la cruda realidad, me vuelvo a enfrentar a todo aquello que me hace preguntar que qué hago estudiando, comiendo, bebiendo, respirando... si las cosas que verdaderamente deseo no las tengo.

Pero bueno, uno es demasiado optimista y sigue creyéndose que dentro de lo que cabe tiene buena vida. Pero es que, por regla general miramos a la gente que está peor para consolarnos de que nuestra vida no es tan mala como queremos pensar. Yo, que me gusta mirar todos los puntos de vista, me digo: "sí, vale tienes mucha mejor vida que otros muchos pero también tienes mucha peor vida que otros tantos, esto equilibra más o menos la balanza así que a seguir tirando y esperando que la suerte te sonría."

Ahora que ya he escrito es el momento de ponerle un título.



jueves, 7 de abril de 2011

Sueños

Está demostrado que cada noche soñamos al menos cinco veces, de los cuales, dos o tres de ellos conservamos vagos recuerdos o imágenes. Los sueños son parte de nosotros. Es esa pequeña parte que nos demuestran aquello que desconocemos de nosotros mismos, cosas que se encuentran en nuestro interior o en nuestra conciencia pero que no sabemos que existen o simplemente las intentamos esconder hasta tal punto que incluso nosotros mismos no sabemos que las albergamos.

Son muy significativos. Cada sueño es soñado por un motivo, por una inquietud, por un pensamiento, por un miedo, por un sentimiento...

Un sueño puede provocarte ansiedad de que se acabe pero también puede provocarte el deseo de quedarte eternamente en él. Cuando se produce lo primero, probablemente estemos soñando algo que nos produzca terror, dolor o un sentimiento que nos haga sentir mal. Queremos despertar pero el sueño se hace cada vez más largo y ese sentimiento que nos produce angustia, va aumentando. Por otro lado, cuando se produce lo segundo, intentamos que el sueño dure lo más posible y disfrutar de cada segundo de ese sueño maravilloso. Nos sentimos como si estuviésemos en el mundo perfecto y es entonces cuando se produce la desilusión de despertar. Pero nuestra mente no se rinde y desea que se produzca el llamado déjà vu, es decir, que un día cualquiera después de olvidar ese sueño vivas eso en la realidad y sientas la extraña sensación de haberlo vivido antes. Pero esto es muy difícil, porque es muy probable que algo tan maravilloso para ti, ese mundo perfecto tuyo, no se pueda hacer realidad.

Por todo esto, yo he decidido vivir intensamente cada sueño, ya sea bueno o malo, porque cada sueño tiene su significado para nosotros mismos y si forma parte de mí, pues bienvenido sea.


viernes, 1 de abril de 2011

Guerra civil

Con una gran alegría os contaré la vivencia de la guerra civil de mi abuelo por parte de padre al que llamo “yayo” desde pequeño para diferenciarle de mi abuelo materno. Me ha conmovido mucho escuchar a mi yayo contándome todos sus recuerdos sobre esa etapa de su vida pero, más que por lo que contaba, por cómo lo contaba porque me transmitía una sensación entre angustia y tristeza que hizo que se me saltasen las lágrimas en varias ocasiones.

Comencé preguntándole, con idea de que se extendiese, que como lo vivió en plan general y él me respondió con mucho ímpetu, brevedad y muy seguro “¡en la miseria y con mucha hambre!” Es ahí cuando me di cuenta de lo mucho que le marcó esa etapa y lo mucho que sufrió. Él tenía apenas 10 años y tuvo que buscarse la vida para conseguir comida y para conseguir vivir. Tuvo que esquivar muchas bombas y me sobrecogió especialmente cuando me contó que vio rodar una cabeza de una mujer por la cuesta de Santa María, allí, en Cáceres. Otro hecho que nunca olvidará fue que vio a un anciano junto a sus dos nietos desolados por todo lo que estaba sucediendo en ese preciso momento a su alrededor, era tal el shock que tenían que el anciano decidió probar suerte quedándose junto a sus nietos sentados en un determinado lugar a la espera de que todo pasara pero en ese día tan amargo, el anciano y sus dos nietos no tuvieron la suerte deseada. Mi yayo vio pasar tres seres humanos aterrados a tres cabezas incrustadas en la pared por causa de una bomba. Aunque parezca mentira, gracias al susto que se llevó mi yayo al ver esas cabezas incrustadas, cayó en una especie de riachuelo al que no bombardearon y por el que logró salvarse. Toda la zona estaba siendo bombardeada pero al riachuelo no tiraron ninguna. Estos dos hechos, tanto el de la cabeza de la mujer rodando como el del anciano con sus dos nietos, fueron los motivos de la culminación de mi emoción al escucharlos. Y es que ¿cómo un niño de diez años puede superar ver una cosa así? Me parece grandioso que fuese capaz de seguir con su vida adelante después de vivir aquellos momentos tan duros.

Otra pregunta que le realicé fue el cómo se sintió al ver tanto sufrimiento a su alrededor, si sintió impotencia por no poder ayudar a los demás o por el contrario no podía preocuparse por ellos ya que ni siquiera su vida estaba en sus manos. Él me contestó que eso lo vivió con mucha pena porque aunque fuese un niño veía que era imposible ayudar a nadie, aquello era un caos. Me dijo que era una lucha permanente por sobrevivir, que tuvo que hacer cosas que ni nos podemos imaginar en estos tiempos y que incluso si intentamos yo y todos vosotros el ponernos en esa situación no llegaríamos a sentir tantos cúmulos de amargos sentimientos porque para sentir todo lo que sintió hay que vivirlo. Me dijo que para que me hiciese una ligera idea de todo aquello, que me iba a describir sus condiciones físicas. Enunció que iba descalzo, que sufría de una inmensa cantidad de piojos y que poseía la enfermedad de la sarna (ácaro que produce picores intensos en la piel). En el ámbito del hambre, me contó que no todos los días tenía la suerte de poderse llevar algo a la boca. Pasó días e incluso semanas sin tener la mínima comida. Se veía en la obligación de robar en los huertos ajenos por lo que adoptó el mote de “El Pipo”, pero lo de robar le duró poco. Lo más común era comer de las sobras que les daban en las colas de los soldados pero en muchas ocasiones tenía que conformarse con comer lo que se encontrase. Es penoso que un niño de 10 años tenga que verse en la situación de comerse una cáscara de plátano pisoteada. Me sorprendió cuando me dijo lo buenas que estaban las cáscaras fritas de patatas transmitiéndome que eso para él fue un manjar por aquel entonces. Otra anécdota respecto a la comida que me sorprendió por su astucia fue cuando me contó que asistían algunas veces, cuando se podía, a partos de burros y que para poder comer, les decían a los dueños de los burros que habían nacido muertos para poder llevárselos. Todo esto me hizo reflexionar para comprender que nunca sabremos lo que es pasar hambre, es más, hoy en día nos permitimos el lujo de elegir lo que comer cada día, cosa impensable en aquellos momentos.

Después de que me contara todo lo anterior, mi pregunta fue que qué hizo para evitar que le pasase todo aquello que estaba viendo que le sucedía a mucha gente a su alrededor. Él me contestó que cuando oían una sirena era el momento de huir porque llegaban los bombarderos a los que llamaban “los pavas”. Corrían hacía un refugio que era un castillo en la Plaza Socorro al lado de donde él vivía. Una anécdota respecto a esto fue que mi yayo conocía a un señor que tenía una pata de palo y, lógicamente, no podía salir corriendo. Este señor se quedaba en su casa teniendo la esperanza de que no le cayese una bomba y así fue, tuvo suerte y logró conservar su vida a pesar de que su casa fuese bombardeada con él dentro.

Cuando se acabó todo, ¿qué sentiste?, esa fue mi próxima pregunta. Y como si le hubiese quitado un peso de encima me respondió “¡un alivio muy grande!”. Me contó que le pasó algo muy curioso. Un señor que repartía pan blanco solamente a las personas adineradas, de ver que se había terminado todo ese sufrimiento y que mi yayo estaba muerto de hambre, le regaló medio kilo de ese pan que mi yayo se comió gustosamente y con mucha ansia después de todo el hambre que estaba pasando. También me contó que cuando terminó todo, mejoró un poco su vida porque pudo ponerse a trabajar como criado y ganaba tres pesetas diarias, muy poco sí, pero con eso conseguía poderse llevar a la boca altramuces, lo que ellos llamaban en Cáceres los “chochos”. Esto puede llevar a mentes bien pensantes y calenturientas a desviar el tema, pero no, los chochos son unos frutos secos amarillos y no una forma nueva de perversión.

Por último, le pregunté que si se arrepentía de algo de todo lo que hizo o si ahora piensa que debería haber actuado de otra manera. Con todas sus memorias transformadas en palabras me dijo que le dio mucha pena que mucha gente muriese pisoteada por ellos mismos. Era tal el caos que la gente que caía estaba destinada a ser pisoteada y a enfrentarse, posiblemente, a la muerte. El poder mantenerse en pie también era señal de conservar tu vida. Mi yayo intentaba salvar algunas vidas cogiendo a las personas de los pies para llevárselas a un rincón seguro y que dejasen de ser pisoteadas. Cuando lograba ver la cara a las personas a las que cogía para salvarlas, se daba cuenta de que ya estaban muertas por lo que dejó de intentarlo después de varios fracasos.

Así es como vivió mi yayo la guerra civil española, desde mi punto de vista, me parece heroico que lograse conservar su vida.

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