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domingo, 8 de abril de 2018

Trigésima poesía


"Tu naturaleza"

Hoy he conversado con el mar:
Le he agradecido sus oleajes,
me he dejado llevar por sus corrientes
y me he sumergido en su profundidad.

Hoy he tocado el mar:
he acariciado su tez suave,
he besado su transparencia 
y hasta me he fundido con su humedad.

Hoy he sentido el mar:
nos hemos confesado inseguridades,
nuestros miedos y verdades,
nos hemos inyectado felicidad.

Cómo narices lo haces, dime,
si en Madrid no hay mar.





viernes, 18 de agosto de 2017

Microrrelato erótico (XV)

Aquí, rodeados de nada. Libres como nuestra desnudez, libres como los animales en su hábitat. Libres. Sin prejuicios, sin barreras, sin tiranteces, sin normas. Tú. Yo. Qué más da el dónde, el cuándo o en qué circunstancia.
Allá, ignorantes del todo. En nuestra privada sociedad de dos, en nuestro reducido círculo social. Adentrados en el aura del otro, penetrando en lo más recóndito de nuestras almas. Sin cuerpos, sin mundos físicos. Tan sólo dos esferas abstractas representantes de nuestras esencias, las únicas y auténticas identidades de nuestro ser.
En ti, alejado del mi. Porque en ti me encuentro y en el mi... en el mi tan sólo me pierdo. 



 

sábado, 25 de marzo de 2017

Postrado

Pintando sobre un lienzo en blanco la noche más oscura del último siglo, los filamentos líquidos rojos de sus brazos simularon la lava rebosante de un volcán activo.
Se le quebró el alma al ser consciente de poder reabrir sus ojos a la vida que no le permitía escapar al descanso eterno. La frustración y la desesperación eran sentimientos agradables frente a lo que en ese instante creció en su interior. No le nació guiarse por la rabia, la rendición era tal que simplemente entendió que su mayor aliado era el tiempo. Comprendió que, aunque fuese de un modo biológico, su ser corpóreo tenía fecha de caducidad.
Se limitó a esperar. Nadie volvió a escuchar los quejidos de su voz; una taza hirviendo o un baño de hielo no alteraba la fachada de su cárcel en forma de piel; le era inexistente cualquier sonido, pues tan sólo importaba dejar de escuchar el de su propio corazón; su cerebro suprimió incluso algunas capacidades instintivas, sus ojos se percibían como cristal a punto de estallar debido al escaso parpadeo; ya no se creaban alarmas en su organismo para mantenerse activo, su estómago ya no necesitaba nutrientes.
Se anuló tanto, fue tal el vacío creado, que en la meta de su ansiado objetivo ni siquiera quedó un rescoldo de paz. Mucho menos, un atisbo de alegría.

Abel Jara Romero







martes, 21 de marzo de 2017

Vigésima octava poesía

"Elección"

Lloro sonrisas al recordar instantes,
cierro los ojos abriendo mi imaginación.
No hallo luz ante los rayos solares,
ni oscuridad frente a una constelación.

Esbozo lágrimas que ya no brotan,
afloran muecas sin gesticular.
Siembro libertad con mi escritura,
cultivo energía con mi honestidad.

Habiendo hallado desamor,
me niego a despreciar al amor.
Rendirse no es en mí resonante,
¡qué fructífero el aprendizaje constante!



martes, 3 de enero de 2017

Vigésima séptima poesía

"Arriesgar"

Un tentempié del Sol con la Luna
invita al estro a materializarse.
Un instante entre dos momentos
congela a la musa en su pleno auge.

Dos criaturas escurridizas y poderosas,
dos seres abstractos con potencial.
Ella acostumbra a relacionarse con otras musas,
él, más solitario, posee una sabiduría descomunal.

Quizá suerte, puede que simple casualidad,
este siglo les otorga el esperado encuentro.
Nadie sabe si por ello el universo colapsará,
si sale bien, una obra maestra ambos formarán.



jueves, 27 de octubre de 2016

Haiku 1

Vive, siente, fluye,
déjate ser,
sin trajes ni máscaras.


domingo, 5 de junio de 2016

Microrrelato erótico (XIV)

Con la ciudad bajo mis pies, la embestía contra el ventanal de aquella suite de mi hotel favorito de la capital española. Las vistas eran hermosas, obviando las que todos hubiesen contemplado en un instante de pasión tierna. Yo no, yo sólo podía observarla a ella. A su espalda. A sus glúteos agitándose. Al reflejo de sus pechos aplastados contra el frío cristal. A su cuello forzado hacia atrás para no perderse cada uno de mis rasgos faciales al penetrarla. 
Dándose la vuelta tras una sutil orden mediante unos toques en sus caderas, la senté en el filo de la infinita cama para profundizar en su ser. No quiso mirarme al principio, cuando lo hizo no pude evitar culminar por primera vez. Vaya mirada, qué ferocidad tan bien llevada al terreno más erótico-hermoso. Su lengua relamía sus dientes, exenta de cualquier halo de vergüenza ingería el manjar brotado de mi interior. 
Sus senos deslizaban mi falo provocando que volviese la máxima dureza a él. Una vez conseguida su meta, me la agarró con firmeza y volví a sentir la calidez de su interior corporal. Esta vez ella llevaba el control, yo tan sólo sostenía su cintura siguiendo el ritmo que ella marcaba. Su sudor se deslizaba hasta mezclarse con el mío. Sus leves gemidos iban directos a mi oído derecho por sus intentos incontrolados de querer morderme el cuello. Las convulsiones exóticas de sus piernas mostraban el goce de haber dado con el punto adecuado para transportarla al clímax que jamás había experimentado. Ahí fue cuando le exigí mayor velocidad. Ella controlaba el volante, yo imponía las normas de tráfico. Sin poder ser consciente, sus uñas se clavaron en mi pecho y sus dientes se clavaban en mis labios. Las contracciones de sus paredes vaginales me advirtieron del buen trabajo en equipo que hacíamos.
Por un instante, una mirada mutua nos invitó al descanso. La juventud y la lujuria recaudó mayor poder en nosotros. Sus piernas se abrieron, su flexibilidad tomaba partido entonces. Sus pies rodeaban mi espalda. Con un leve empujón tras una tímida petición de permiso, me llevaba a viajar por su sabor más prohibido. Esta vez yo era el que clavaba miradas en sus ojos desde aquel lugar húmedo. Ella era el mar donde yo buceaba, yo su hambriento tiburón.
El reloj nos distrajo con su inoportuno sonido horrendo. Hacía cuatro horas y media que todo había empezado impulsivamente. No sabíamos cómo parar esa fogosidad. Todo era insaciable. Cuanto más nos dábamos, más nos queríamos dar. Los propios cuerpos nos obligaban a parar, gracias que tienen un límite. Gracias, mi amor, por exteriorizar conmigo tu sexualidad.


PODER NO DEPENDE DE NUESTRA CONDICIÓN FÍSICA O DE LO QUE NOS RODEA, PODER DEPENDE DE LA DISPOSICIÓN INTERNA DE CADA UNO. Y YO, ¡PUEDO!
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