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miércoles, 20 de agosto de 2014

Microrrelato erótico (XI)


     Hartos de la monotonía, aburridos de contemplar siempre el mismo escenario. Nuestro hogar se hacía ya pequeño para hacerlo sintiendo esa sensación de novedad por el entorno. Ni la cocina, ni la ducha, ni las escaleras, ni siquiera el jardín o la piscina. Todos los rincones habían sido ya testigos de nuestros cuerpos desnudos fusionándose efusivamente.

     Una idea se le ocurría entonces a la femme fatal que tantas veces me hacía estremecer experimentando: hacerlo en su taller de creación artística rodeados por los colores con los que daba forma a sus tablillas en las que plasmaba su alocado interior a base de sprays.

     Fue entrar a aquella nave y la lujuria se disparó. Habíamos aguantado demasiado nuestras ganas en el trayecto hasta ese lugar. Casi no dio tiempo a cerrar la puerta cuando nuestras manos ya recorrían los cuerpos como si fuésemos dos locos obsesos del sexo. De un lado a otro, besándonos, acariciándonos, apretándonos. Su espalda topó con el interruptor de la luz y aquel espacio se dejó ver. Por fin estaba pasando de nuevo en un entorno desconocido para ese acto.

     Nassad se tropezó con su chancla y nos dejamos caer en una de sus grandes mesas en las que trabajaba. Llevaba aún toda su ropa pero de poco le servía. Su camiseta de tirantes azul marino con lunares blancos dejaba sus pechos al descubierto, los tirantes casi le llegaban a los codos. Los pezones se erguían imponiendo su presencia y yo no podía resistirme a chuparlos, aspirarlos y pellizcarlos. Ella no se quedaba quieta, de mientras, aprovechaba para ir arrastrando mi camiseta hasta finalmente arrebatármela. Yo no sabía a dónde acudir, lo quería probar todo: sus pechos, su cuello, su boca… Subía y bajaba desde su boca hasta su ombligo, la camiseta ya fue lanzada por los aires.

     Al principio ella más bien disfrutaba pero, tras unos minutos, se fue animando también para hacer disfrutar. Su boca empezaba a recorrerme sin rumbo, me mordía. Mis manos viajaban entonces por su espalda, sin dejar de sentir el arqueo producido por su columna. Expandió, de pronto, su terreno sacándome una sonrisilla. Esta vez se había deshecho ella de mi pantalón antes que yo del suyo. Mi erección se intuía por debajo del calzoncillo. Me tocaba inyectando presión mientras su mirada me atravesaba con picaresca. Atravesó la frontera entre la tela y la piel e indagó a fondo combinando con su boca alrededor del ombligo y sin quitarme aquella mirada.

     La levanté enérgicamente, la puse de pie contra aquella pared que un día decoró combinando spray verde, rosa y azul y le desabroché la cremallera de ese pantalón rosa palo entreviendo su ropa interior roja con transparencias. No paré de besar su cuello, su boca, su barbilla. De mordisquearla, saborearla, probarla a la vez que mis dedos ondeaban por su humedad como una serpiente revoloteando en la arena para adentrarse en ella. Su cuello se ladeaba, su pelo tapaba medio rostro. Cerró la mandíbula con fuerza revelándolo el hueso que se marcaba cerca de su oreja.

     Se produjo la primera penetración, rápida y profunda, como le gustaba. Sus uñas enrojecían mi cara. Mis puños se apretaban contra la pared dejando su cabeza entre ambos. Era yo el que la miraba fijamente, el que imponía. La velocidad incrementaba, los cuerpos convulsionaban cada vez más con cada embestida. Ella gemía sin tapujos creando un silencioso eco en el lugar. De mí surgían quejidos internos que sólo ella podría oír, aunque allí estábamos solos.

     Quiso sacarme de sí comunicándomelo con su mano. Me sacó. Seguíamos de pie, me estimuló unos minutos pero rozando aún su cálida zona mojada. La pulsera roja y negra que llevaba se deslizó hasta la parte más estrecha de su muñeca debido a los movimientos, sentí su textura rígida en varias ocasiones en mi zona sensible, después de lo vivido anteriormente lo era más.

     Sus rodillas comenzaron a deslizarse por mis piernas, flexionándolas. Volvía a ser ella la dominante, la dueña de todo control. Su lengua tentaba al objetivo final manteniéndose cerca pero sin siquiera rozarlo. Aspiró a ambos creadores de espermatozoides, se recreó. No sé si me hubiese puesto más yendo directamente a lo evidentemente estimulante, creo que ni de lejos. Pero fue donde acabó, provocando la culminación total, el clímax. Entonces saboreó toda mi esencia dejando escapar parte de ella y permitiendo que el resto la recorriese por dentro.

     Fue como la vuelta a la tranquilidad, no había tensiones corporales ya en ninguno de nosotros dos. Apagamos la luz del taller tras un último beso acompañado de una sonrisa cómplice por ver que muchas de sus tablillas se habían hecho añicos entre tanta euforia. La puerta se cerró.

Abel Jara Romero

7 comentarios:

  1. Gracias, Isabel, por tu comentario.

    Me alegra haberte hecho casi testigo presencial del relato por haber logrado adentrarte tanto.

    Un abrazo,
    Escritor Sentimientos

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  2. No lo he leído entero, porque no me encuentro en condiciones para ello. Pero, Abel, se ve que te lo curras, ¿eh? Se nota que lo piensas MUCHO, MUCHO.
    JAJAJAJA.
    Un beso.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias, Ani.

      Pero hay algo en lo que te equivocas... lo creé sin pensar demasiado, fluyó solo y guiado por cómo lo iba visualizando todo.

      Un beso,
      Escritor Sentimientos

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  3. No he tenido más remedio que irme al la ducha con eso queda todo dicho saludos y muchos recuerdos

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    Respuestas
    1. Entonces hizo el efecto deseado ;)

      Gracias por tu comentario, Pedro.

      Un abrazo,
      Escritor Sentimientos

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  4. Muy bien descrito. Te metes de lleno en el estudio. Creo que has encontrado tu tema.
    Un besazo!

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    Respuestas
    1. Gracias, Patt. Pero soy cabezota, no quiero estancarme en un sólo género. Por ello, espero que otros relatos que leas creados por mí te resulten tan vivos como este.

      Un besazo,
      Escritor Sentimientos

      Eliminar

Sentimentaloides, vuestra opinión me es muy importante. Gracias por cada comentario pero, por favor, hacedlo con respeto hacia mí y hacia los demás lectores.

Abel Jara Romero

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