miércoles, 13 de noviembre de 2019

Café


Recuerdo los tiempos en los que el amor era cacao con leche. Esa inocente taza de desayuno de la que se bebían besos y caricias imaginadas. Cuando su sabor era tan perfecto y con la temperatura tan óptima que era imposible no sonreír con todo el rostro. Ese sentimiento ingerido impermeable para cualquier intento de toxicidad. Un trago chocolateado que al sentirlo te convencía de ser invencible, poder contra todo poder. Pero también el mayor veneno conocido, uno que brotaba por los lagrimales hasta quemarte la piel y el alma por no ser correspondido o llevarte una decepción. Tenía esa capacidad, la condenada emoción indescriptible e indescifrable era todo intensidad.

Y crecemos. Y vivimos. Y sentimos, o dejamos de sentir...

Queriendo experimentar y probar nuevos sabores, nuevas experiencias y nuevas sensaciones, caemos en el adictivo café. Ese oscuro y amargo líquido que da también nuestra madre naturaleza. Es como una nueva realidad, un nuevo plano existencial. La palabra amor sigue conteniendo cuatro letras bellas y sonoras. Sin embargo, parece que ha mutado su significado como cuando un desapercibido gusano de seda metamorfosea para volar. No se sabe si esto de beber café en lugar de cacao puede considerarse volar, todo se vuelve relativo y personalizado. Si con el cacao todos sabíamos que era dulcemente doloroso, con el café de pronto vivimos en un universo repleto de sutiles pellizcos. Hay quienes sienten un manchado como suficiente riesgo, quizá por desconfianza o autoprotección. Quienes prefieren un cortado dándolo todo, pero con un as bajo la manga. Por último, están los que se atreven a rendirse a la dosis plena de café creyendo que puede ser el cacao del adulto... hay afortunados a los que les resulta así, pero otros tantos acaban tan obsesionados en hallar el café destinado a ellos que la vida se les consume sin haberlo probado.

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Abel Jara Romero

PODER NO DEPENDE DE NUESTRA CONDICIÓN FÍSICA O DE LO QUE NOS RODEA, PODER DEPENDE DE LA DISPOSICIÓN INTERNA DE CADA UNO. Y YO, ¡PUEDO!
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