jueves, 28 de noviembre de 2019

Báculo


Daba igual el mundo, daba lo mismo el hogar. Lo que de verdad se había roto estaba dentro de ella, en las profundidades más recónditas de su alma. Y eso, eso le acababa de anular como persona. Estaba destruida, destrozada como un puzzle de pequeñas piezas totalmente desbaratado. Hasta ese abrazo, ese abrazo que, aunque no la recompusiese del todo, la mantuvo con vida.

Él, su hijo, desde ese instante empezó a ser padre. Tenía que protegerla, acompañarla, pensar y hasta sentir por ella. Y ella, la madre convertida en hija, de vez en cuando le devolvía pedacitos de aquel pretérito abrazo. Con cada uno de ellos, ella le transmitía a él agradecimiento y el calor que un hijo precisa de su madre. O, quizá, el amor que un padre requiere de su hija.

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Abel Jara Romero

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