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lunes, 18 de mayo de 2015

El útimo acto

Su mirada había dejado de brillar, sus ojos ya no iluminaban el cielo cuando inclinaba la cabeza hacia él contemplándolo. La felicidad no se adquiría con aquella forma de vida, sus valores y bases como persona habían quedado expuestos ante el fracaso profundo. No sólo tuvo la certeza de que, si seguía así, jamás encontraría a la chica que anhelaba, sino que cayó en la cuenta de que ni siquiera se conocía a sí mismo. Debía hacer algo, no podía hundirse y esperar a que todo acabase cuando la muerte acechase, era lo único que tenía claro. Pero, ¿cómo cambiar? ¿Cómo conocer el sendero correcto?
En un arrebato de locura, se deshizo de todos sus contactos. No quería que ese pasado que él mismo había creado siguiese permaneciendo en su vida, sabía que el modo de mostrarse ante los demás era erróneo. Pero no fue tan fácil, su casa seguía siendo la misma y, en parte, su vida seguía estando ahí recordándole que él había conseguido eso. La soledad le acogió entre sus brazos mimándole entre lágrimas y rabia. Estaba encerrado en sí mismo, en su propia esencia despreciable. 
Se acordó de alguien, una hermosa chica con la que un día estuvo. Pero también era tarde, esa bella dama ya no le esperaba y más bien prefería olvidarle por todo lo que le produjo. Ella sí supo decidir bien alejándose de él, encontrando un verdadero amor que le hiciese feliz.
De nuevo la furia se apoderaba de él, casi era ya su única amiga íntima. Se propuso luchar por la joven, creía que era algo positivo para iniciar un cambio. Pronto se dio cuenta que sólo estaba haciendo lo de siempre, ensuciar vidas ajenas para que la suya atrayese algún halo de luz.
Llegó a una sola conclusión, había nacido para hacer daño. Y, lo más doloroso que logró asumir, fue que a sí mismo era a quien más había torturado sin poder evitarlo. Así era él en esencia, así moriría. Una esperanza le recorrió la mente entonces, una escapada para combatir a su maldad innata. Le encantaba mirar al cielo, observar la magia de un objeto lleno de personas volar. No estaba dispuesto a morir sin tener, aunque fuese unos segundos, felicidad previa durante su estancia en el mundo. No tuvo miedo, no le tembló el pulso. Con suma tranquilidad, se dispuso a saltar el barrote de su balcón. Con lo brazos abiertos y respirando profundamente, se precipitó al vacío.
Hay leyendas urbanas que dicen que sólo una persona conoció su rostro feliz, el único testigo que presenció su vuelo antes de colisionar con el asfalto.



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