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miércoles, 11 de septiembre de 2013

Hijo esperado


Le veo, le miro atentamente sin que él apenas se de cuenta de lo mucho que estoy analizando e intentando asimilar tanta felicidad. No puedo creerlo, mis manos sudan por los nervios que provocan en mí el gran acontecimiento. Acaba de nacer, es precioso.

Se me viene a la mente el recuerdo de tener a mi propio interior, a mi yo soñador, diciéndome en silencio que algún día pasaría. Cuando yo veía por la calle a otros padres con sus hijos en brazos, agarrados de la mano o llevándoles en esos cochecitos en los que se les ve tan felices.

Lo que antes era deseo y visión de futuro, ahora era realidad presente. Y me negaba rotundamente a perderme un detalle. Por ello, observé sus ojos marrones llenos de ternura, de vida. Percibí sus emociones transmitidas por esa hermosa sonrisa pura. Quise palpar aquella piel, más suave que el terciopelo. El aleteo de sus brazos me provocó mi más feliz sonrisa acompañada por mi más feliz lágrima. Era perfecto, ya podía morir en paz tras cumplir tal logro, dar vida a un nuevo ser, el ser más especial del mundo, mi hijo.

Fue en ese preciso instante cuando abrí los ojos. Estaba todo oscuro, apenas veía nada y yo seguía casi percibiendo el olor de mi hijo. Entonces, mirando las siluetas de los objetos que me rodeaban, me di cuenta de que todo había sido un sueño. El mejor de los sueños mientras lo vivía desde dentro pero un sueño que, volviendo a la realidad, me recordaba que aún no había alcanzado tal sueño.

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