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jueves, 4 de julio de 2013

Microrrelato erótico (V)


     Escribiendo, concentrado, guiado por los sentimientos y por mi estro. Así estaba yo, evadido del mundo hasta que entró ella por la puerta de mi habitación y me desbarató por completo. Solamente su presencia ya me puso nervioso, toda concentración se había desvanecido.

     Sus brazos empezaron a entrelazarse por mi cuerpo, su aliento chocaba contra mi cuello. Ella, detrás de mí, jugueteaba imponiendo control absoluto del momento. Me hizo estremecer al recorrer el largo de mi espalda con sus labios, respetando la línea de la columna vertebral. Al subir de nuevo, dejando notar pequeños golpes de lengua sobre mi piel, se volvió a centrar en mi cuello, en mi punto débil. Fue entonces cuando decidió que era turno de probar la parte frontal de mi cuerpo haciendo girar mi silla que provocó la caída al suelo del folio en el que estaba escribiendo lo inconfesable. Succionó mi pezón izquierdo, casi absorbiendo el propio corazón que bombearía la cantidad récord de sangre hacia el resto del organismo. Tras deslizarse hasta el ombligo, su mirada volvió a acercarse peligrosamente a la mía. Su boca y la mía volvían a encontrarse, compitiendo la una con la otra por poseer la lengua más hábil.

     Su funda corporal adquiría protagonismo de aquel instante recubriendo mi estilográfica que endurecía por segundos. Las manos de ella apretaban mi cara estirándola mientras me besaba apasionadamente, sin pensar, creando improvisando. A todo esto, tanto mi estilográfica como su funda se turnaban en movimientos suaves, ella parecía estar acostumbrada a hacer círculos con su confortable funda. Sus gemidos creaban los míos, sus mordiscos daban pie a los míos y sus embestidas, sus embestidas sacaban lo más canalla de mí, la parte que ni yo mismo conocía que albergaba dentro. Me dejé llevar, me dejé llevar por mi propio instinto, por mi cuerpo que en tantos años jamás había saboreado el control.

     Mi estilográfica estaba apunto de expulsar su tinta cuando sus gemidos aumentaron. Entonces sucedió, los movimientos pararon y su funda protegió bien mi estilográfica. Ambos cuerpos derrochaban calor y sudor. Sus manos se fusionaban con mi espalda y las mías con la suya. Pero las miradas, las miradas más que fusionarse, entraban hasta lo más profundo del otro. Sabíamos que soportaríamos esas sensaciones de nuevo sin previo descanso, necesitábamos hacerlo de nuevo, habíamos esperado demasiado tiempo y era momento de aprovechar nuestras energías al máximo. Y así fue, repetimos...

2 comentarios:

  1. Me ha gustado... la metáfora del boli me ha parecido graciosa incluso jaja


    Saludos con cianuro.

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    Respuestas
    1. Gracias, Chico con Cianuro. Sí, tiene su punto de humor.

      Un abrazo,
      Abel Jara Romero

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