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martes, 19 de febrero de 2013

Microrrelato erótico (IV)


     Olía a tierra mojada, enseguida me percaté de que estaba lloviendo. Ella me sacaba de mi apartamento solitario para sorprenderme una vez más. Nunca sabía lo que me depararía con ella pues siempre lograba sorprenderme. Admiraba su afán de superación.

     Me metió en el coche. Pero, antes de que arrancase, me colocó su camiseta enrollada en mis ojos para taparlos. No sabéis cómo me ponía esa habilidad que tenía para conseguir sacarse la camiseta sin quitarse lo de encima. Era un deleite, parecía algo muy fácil. No permitía que se viese más de lo debido, al menos, de momento...

     Por el camino, yo me conformaba con mezclar el olor de aquella camiseta recubierta de su perfume corporal combinado con la fragancia del cuero que inevitablemente percibía de los asientos del coche. Era una maestra de la conducción: suave, con talento; muy propio de ella.

     El estacionamiento del coche interrumpió mis ganas de palpar el cóctel completo de todos esos aromas. Pero enseguida lo agradecí pues algo mejor lo sustituyó, algo que llevaba consigo una capa de maravillosa tentación. Tras el parón del coche, sentí su aliento pegado a mi oreja. Un rayo proveniente del cielo parecía poseer todo mi cuerpo tras ese provocador gesto acompañado de unas palabras: "cuando te vibre el móvil, podrás quitarte mi camiseta de los ojos e ir en busca de mí a la casa que verás ante ti". Tenía una voz que me provocaba el cosquilleo más placentero que existiese. Tras esto, sólo oí como se cerraba la puerta del asiento del piloto ¡y qué piloto!

     Un par de minutos después -y obedeciendo sin quitarme su camiseta de mis ojos- noté el vibrador de mi móvil activarse. Había llegado el momento de ver lo que me rodeaba. Todo me intrigaba pero, como os podéis imaginar, eso era lo que más me gustaba. Al descubrir mis ojos, pude ver que me encontraba en un pequeño campo. Frente a mí, una cabaña de madera que, instintivamente, me pareció el sitio más acogedor para un largo rato de locuras.

     Sin entretenerme más, impaciente y no prestando demasiada atención al lugar, me dirigí a aquella puerta de madera. Pronto me arrepiento de un acto: ¿por qué tuve que llamar? ¡Era innecesario! Mi agudo oído advirtió una risa que me hizo sentirme muy pequeño pero, a la vez, me resultó muy sensual. Era un sonido precioso. Un pensamiento inoportuno me vino a la mente aconsejándome que consiguiese esa melodía para el tono del móvil.

     Evacuando a aquel pensamiento, me dispuse a girar el pomo. La primera sorpresa no tardó en llegar, me había quedado con el sistema entero en la mano. En aquella puerta, ahora había un boquete bastante hermoso. Con picardía, no pude resistirme a evitar mirar por ese agujero. Además, algo me decía que eso era lo que ella estaba esperando. Pasados un par de segundos de duda, intenté averiguar sus intenciones -aunque las principales eran claras-. El boquete que había dejado era lo suficientemente grande como para que el ojo entero, e incluso la ceja, lo cubriese. Entonces, llegaba otra nueva sorpresa. ¡No la veía por ningún lado! ¿A dónde habría ido? Sólo pude visualizar un conjunto de paredes de madera desgastada. ¿Y ella? ¿Me habría hecho una jugarreta?

     Ante tal confusión, susurré su nombre para no volver a meter la pata aunque quizás lo estaba deseando para escuchar de nuevo aquella risa tan particular. Tras mi llamada, un leve ¡Shh! me hizo callar. Era ella, entonces respiré aliviado y sonreí por darme cuenta de mis ocurrencias pensando que no estaría allí... Pero, ¿dónde estaba? Aquella baja expresión que hizo que no volviese a decir palabra había venido de muy cerca. Inesperadamente, un golpe -probablemente de un nudillo- chocó contra la puerta. ¡Estaba justo ahí! Tan sólo nos separaba una lámina de madera en forma de puerta.

     "¿Sorprendido?" escuché. "La única que va a hablar voy a ser yo, tú limítate a seguir los pasos que te indique". Las primeras órdenes llegaban y yo, conociéndola muy bien, sabía que no me pasaría nada. Con el campo a mis espaldas teniendo como única protección el coche, hizo que introdujese mi erección por el boquete de la cerradura. Al principio, y como casi siempre, dudé pero al final no tardé en obedecer. Ahora llegaba -dicho con sus propias palabras- mi recompensa. Fue entonces cuando sentí su mano estimulándome.

     A pesar de ello, yo no soportaba que aquel pedazo de madera nos tuviese divididos. Mi objetivo era ella, sin límites, sin ningún impedimento, sin nada que nos distanciase un yoctómetro. Pero ella era muy juguetona, le encantaba desesperarme. Para ir compensándome, según pasaba el tiempo sin poder tenerla al completo, iba alternando métodos para la estimulación. Sabía mover bien la lengua y hacerme llegar al placer mediante los límites del dolor sexual. Se notaba que tenía claro que no me iba el dolor más allá de lo sexualmente placentero.

     Al fin y, tras una manualidad-oral insuperable, obtuve mi mayor condecoración... Su cuerpo se despegó de la puerta y ella misma la abrió con mucho mimo para que los bordes del boquete no rasparan lo que uniría nuestros cuerpos al introducirlo en ella. ¡Mi objetivo estaba logrado!

2 comentarios:

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